lunes, 30 de abril de 2012

Nuestra verdadera naturaleza

Capítulo 7





               Alejandro, su padre y su hermano José, llegaban a casa con todo lo comprado, ya eran pasadas las ocho de la noche, comieron unos asados de ternera con papas y ensalada de verduras, se dieron una ducha y cada uno se metió en su cama, estaban  tan cansados, que solo les apetecía dormir. Al poco tiempo su cuerpo se adormecía, comenzó a flotar transportándose al mismo sitio a punto de salir del río, vio una sombra que se aproximaba y se detuvo justo en la orilla del río, le extendió la mano para ayudarle a salir, era Nereida, traía consigo un collar con una estrella de cinco puntas, se la puso en el cuello diciéndole que esa estrella le protegería de toda fuerza que intente impedir que llegue a la cima de la montaña y será decisivo para liberar a Isabel, entonces se sintió con más valor y prosiguió su camino, mientras que la hija del mar se fraccionaba en gotas de agua y el viento la dispersó por el aire, golpeando su rostro, ahora más que nunca con paso firme continuó la marcha.


                En su trayecto veía todo tipo de criaturas vivientes, pequeñas mariposas con cuerpo humano o pequeños cuerpos humanos con alas de mariposas, al fin eran lo mismo, a lo largo del camino pequeñas entidades en forma de seres humanos que irradiaban luz, salían y entraban en las plantas, al verlas se le ocurrió preguntarles quiénes eran, una de ellas respondió, somos Natura el que da vida a las plantas y otra añadió, elaboramos toda clase de sustancias, unas medicinales y otras alimenticias, Alejandro no salía de su asombro, en cada paso que daba, empezaba a ver la vida desde otra perspectiva, más real, con contenido, sustancial, aprendía a captar lo esencial de la vida, para qué venimos a la existencia, comprendía que tenemos que librar múltiples batallas contra nosotros mismos, que lo exterior es un espejo donde debemos mirarnos para saber de verdad quiénes somos, de qué estamos hechos, qué nos pertenece, ya que todo lo demás solo servirá para amargarnos la vida, porque es del tiempo, en cambio, nuestra verdadera naturaleza no tuvo un principio, por tanto, no tendrá un fin, así con cada aprendizaje, comprobaba que sabía menos, que la sabiduría no tiene límites, era algo mágico lo que experimentaba, era abrir de un momento a otro los ojos y darse cuenta, que vivimos ciegos, de una manera equivocada con ansias de poder que al final se convierte en nuestra propia tragedia.


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